Alguien que me amó me escribió una vez

“Desde aquí el mundo se ve mejor, más bonito, más real. La gente no corre, no tiene prisas. No esixten los relojes, tampoco el tiempo.
No existe la tristeza, pero tampoco la euforia desatada. Es un mundo idílico, con lirios y margaritas. Nadie llora a no ser de alegría; nadie conoce el dolor, ni la crudeza de la muerte. El tiempo no pasa.

Todos son iguales, igual de felices, igual de perfectos, igual de sanos, fuertes y sonrientes.
Pero nadie sabe cómo llorar o cómo atenerse a los problemas, son débiles de corazón y también de personalidad. Son todos felices, no tienen problemas, son perfectos.

Desde aquí el mundo se ve distinto, no mejor. Y este no es mi mundo, en el que muere gente, se llora se sufre y se afrontan los problemas; se decide, se piensa y se reacciona no siempre con una sonrisa.

Prefiero esto, crudo y real, pero esto. Es mi mundo, donde cuando la crudeza se supera, la euforia se desata, brevemente. Durante unos segundos hueles a lirios, a margaritas, sonríes y eres feliz. Así que, prefiero este mundo, donde las cosas cuestan. Pero donde la recompensa es cada vez mayor según vas creciendo. Según pasa el tiempo.”

No ha sido hasta dos años después cuando he podido darle mi propia interpretación.

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