Noise

Tengo días y días. A veces todo transcurre sin problemas desde que me levanto hasta que me acuesto, en ocasiones el día avanza a trompicones llegando al final con un cabestrillo y hasta arriba de moratones.

No importa cómo ha sido mientras mi cabeza prestaba atención a las personas que tengo delante, a las que me hablan y a las que me ignoran. Cientos de caras todos los días cuando piso la calle.

Lo que me preocupa son las noches. Sin ir más hace tres o cuatro días. Salí de casa, quedé con alguien que se interesa por mi más de lo que me gustaría. Amablemente me presentó a sus amigos y pasé una tarde agradable con buena gente afiliado (como todos los presentes) a una botella de eristoff. Aún me río cuando recuerdo a aquella chica tirada en el suelo, a carcajada limpia y a su novio intentando levantarla.

Al cabo de un rato, me levanté y salí a la terraza. Por primera vez en meses no tenía que llevar el abrigo, el sol había vuelto a calentarnos. Frente a mi, un árbol que supera ése cuarto piso. Dos verderines en una rama, piándose uno al otro. Ahí me arrepentí de existir. Durante lo que creo fue media hora, la gente a mis espaldas había dejado de emitir sonido alguno. Mi cabeza golpeaba fuerte amenazando con traer ciento dos recuerdos estúpidos y pequeños después de semanas aislados en una pequeña celda. Entonces escucho mi nombre y un escalofrío recorrió mi espalda. Me dí la vuelta y era la chica que me había llevado hasta esa casa, la que me había presentado a sus amigos. Pero os juro que por un momento, tal vez solo un atisbo de locura me arrastró a la sordera parcial, porque no fue su voz la que escuché. Más tarde, en mitad de una partida de poker, un pequeño escrito asaltó mi cabeza. Es el siguiente:

Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos… Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella…

Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderéis siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y os impedirán,siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejareis de intentarlo…Os rendiréis y buscaréis a esa otra persona que acabaréis encontrando.

Pero os aseguro que no pasaréis una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más…

Todos sabéis de qué estoy hablando, porque mientras estabais leyendo esto, os ha venido su nombre a la cabeza.
Os librareis de él o de ella, dejareis de sufrir,conseguiréis encontrar la paz (le sustituiréis por la calma), pero os aseguro que no pasará un día en que deseéis que estuviera aquí para perturbaros.

Porque,a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas,que haciendo el amor con alguien a quien aprecias.

Probablemente fue un mal día, mi cabeza me atormentó en sueños aquella noche y el resto del día era fácil no poder evadir lo que sin problemas había desaparecido tiempo atrás. No dolía, ni tan siquiera me perturbaba como algunas veces había hecho. Era pura y dura nostalgia, aderezada con un sabor a melancolía.

Después de aquello acompañé a la chica bebida a su casa junto a su novio, y mi amiga desde atrás contemplaba como su amiga ebria no tocaba apenas con los pies el suelo.

El novio de la chica me dio la gracias por ayudarle a llevarla hasta casa en brazos y me dio su teléfono como muestra de agradecimiento.

Mi amiga y yo, solos de nuevo, nos dirigimos a su portal. No voy a subir, no puedo pero tampoco lo haría si pudiera. Es una noche en la que mi mundo no me importa, siento que debería estar en otro lugar. Un avión que no puede admitir más pasajeros. Me siento de ninguna parte, no pertenezco a ningún lugar. Por costumbre, no dejo de sonreír. Subo en ascensor con ella y no tengo fuerzas ni motivos suficientemente buenos para apartarla. La dejo crecer sin sentir ni una pizca de humanidad.

Abre la puerta y se queda mirándome apoyada en ella. No me jodas. Mis ojos se dividen, no sé lo que veo o donde estoy. Mucho menos qué debo hacer.

Al salir de allí camino a casa sabiendo lo obvio. Todo huele a podrido, las alcantarillas son las mismas de todos los días, las marquesinas siguen sin moverse y el suelo me grita con voz muda que nada va a cambiar jamás. No lo que importa.

Me levanto la mañana siguiente algo más optimista, vive el presente.

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