Un día diferente. Parte 3.

Apretaba los dientes y el hierro de la cama donde estaba sentado. Nunca antes habían tenido que darme puntos.

– Vamos, nenaza- reía Dani.

Estábamos en una consulta con la enfermera que cosía mi cabeza. Me sentía como un oso de peluche al que se le sale la espuma por una costura rota.

Tanto Dani como yo sabíamos que él aguantaba el dolor peor que yo. Por eso se sentía tan bien viéndome sufrir.

– No te daré el gusto de quejarme ni de gritar- dije con voz forzada.

Daniel resplandecía felicidad con su sonrisa por toda la habitación. Mi teléfono, encima de la mesa de la consulta, comenzó a vibrar y unos segundos después a sonar. Desde la cama no pude ver nombre alguno en la pantalla pero imaginé quién era. Daniel se abalanzó divertido sobre el teléfono mientras la enfermera se esforzaba por no dejarme levantarme.

– ¡Tienes que estar quieto!

– ¡Va a arruinarme la vida!- le dije riendo a la enfermera al tiempo que señalaba a Daniel. Ella parecía disfrutar de la tónica que mi compañero y yo habíamos llevado a su consulta. Se lo estaba pasando bien.

Daniel cogió el teléfono y me mostró el nombre de la pantalla. Puse cara seria y eché aire por la nariz de forma temeraria. Iba a embestirle como un toro. Contestó al teléfono.

– Buenos días- dijo contestando por mi.

Pude escuchar ruido al otro lado de la línea.

– Soy Daniel, su compañero… ¿ah si?- preguntó mirándome- yo también he oído mucho de ti. En realidad casi demasiado.

En ese momento no pude evitar reír yo también.

– ¿Está hablando con tu novia?- me preguntó la enfermera.

– La verdad es que no. No será mi novia hasta dentro de… cinco horas.

Ambos reímos. Daniel seguía hablando por teléfono.

– ¿Y él, tiene novia?- me preguntó.

La enfermera era una chica algo más joven que nosotros y bastante atractiva.

– ¿Daniel?- dije extrañado a propósito- creo que desde que se divorció solo ha estado con mujeres en su cabeza.

– Es muy guapo.

– No, es que ese es su lado bueno- contesté fingiendo estar serio.

– Ahora se lo digo. Un beso.- dijo Daniel. A continuación hizo ademán de acercarme el teléfono para, a un metro, colgar y dejarlo donde estaba.

Noté un pequeño pinchazo en la cabeza.

– Perdona- dijo la enfermera.

– Dice que no va a poder salir del trabajo hasta las ocho. Ah, y que soy encantador. Y también que vayas guapo- explicó Dani.

– ¿Que me afeite?

– Que te afeites.

La enfermera cogió las tijeras y cortó el hilo.

– Puedes ir libre.

– Muchas gracias- le dije.

Salimos del hospital y caminamos hacia el coche.

– ¿Hacemos algo? Ahora tenemos todo el día libre.

– Lo sé, se suponía que estaríamos horas siguiendo a ese tío. Prefiero ir a casa. Me vendría genial dormir.

– Te llevo. Aprovecharé y me presentaré sorpresivamente para hacerle una visita a mi hija en casa del calvo.

– El calvo te va a patear el trasero- bromeé mientras abría la puerta del copiloto.

– Te he salvado la vida hoy. Llevo más de una hora esperando el “gracias”-me dijo amenazándome con el dedo por encima del techo del vehículo.

Sonreí y entré.

Paramos en doble fila.

– Mucha suerte esta noche campeón.

Nos dimos la mano.

– Si el calvo se pone agresivo pégame un toque y os preparo una extracción a Raquel y a ti.

– Claro McGuiver.

Por primera vez en mucho tiempo, subí en ascensor. Al abrir la puerta en el cuarto piso, la encontré sentada en las escaleras del rellano. Me sonrió y se levantó rápidamente. Antes de poder mediar palabra me había abrazado y estaba mirando mi herida recién cosida.

– ¿Estás bien?- me preguntó colocando mi cara entre sus manos.

– Ahora si- sonreí.

– ¿Qué haces aquí? Dani me dijo…

– Dani te dijo lo que yo le dije que te dijera y no te dijo lo que le dije que se callara.

– ¿Habláis dos minutos y ya conspiráis juntos?- reí.

– Los dos te queremos- me dijo acariciando mis mejillas con sus dedos.

– No hacía falta que vinieses, es una tontería. Cosas que pasan.

– Voy a cuidarte hasta que me lleves a cenar.

Aquellas palabras me habían alegrado la vida. Metí la llave en la cerradura y pasamos. Dejamos los abrigos en el brazo del sofá y ella puso la radio que yo guardaba en la estantería del salón. Como por arte de magia comenzó a sonar la música.

Al ritmo, se acercó lentamente a mi y colocando sus manos sobre mis hombros me sentó en el sofá. Me quitó la camisa y la camiseta para a continuación, quitarse ella la cazadora vaquera que llevaba. Se sentó sobre mi, cara a cara, y pasó sus manos por detrás de mi cuello. Se acercó despacio y cuando nuestras narices se rozaron, se detuvo.

– Podría no besarte- me dijo en un tono de voz que casi no podía escuchar.

– Podría hacerlo yo- le dije conteniéndome.

– ¿Sabes que te mentí la primera vez que te besé?

– ¿A que te refieres?- pregunté extrañado.

– Cuando te dije: “No pensemos en nada más, solo en esto”.  Yo quería un futuro contigo desde hacía un año, tal vez más. No me atrevía a admitirlo, ni a ti ni a mi misma.

Sonreí.

– No me importó con tal de tenerte desnuda.

– Para eso me quieres, ¿no? Bueno, hoy estás de suerte, hace calor y me apetece estar desnuda.

Cuando quise darme cuenta solo le quedaban los pantalones.

– No pensemos en nada más, solo en nosotros- anuncié con los labios en su oreja.

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