Una descarga eléctrica como venganza por un corazón roto.

Era una mañana madrugadora, estaba nervioso, contento. Estaba sintiéndome como más me gusta: con las pelotas de corbata y la visión sensibilizada, regalo directo de la señorita adrenalina, que nos regala síntomas en los mejores y peores momentos de nuestra vida.

Me duché, no desayuné, y me arreglé un poco. Salí a la calle con prisa, había olvidado coger dinero, el paquete de tabaco, el móvil… tuve que darme la vuelta. Algo había cambiado.

La mañana era una tarde de tormenta, las farolas cedían sus puestos a las antorchas del firmamento que, con una brevedad espasmódicamente natural, resaltaban cada átomo a mi alrededor: el suelo, los árboles, mis ojos.

El sueño de la luciérnaga controladora de mundos.

No me dejo impresionar y tirando de mi cuerpo en la dirección opuesta a la que mi subconsciente me empuja, camino con la tragedia eléctrica a mis espaldas. Me está esperando, otro día tal vez.

Continué sin teléfono, sin reloj… las gafas de sol ya no eran necesarias, los cigarrillos eran siempre prescindibles por aquel momento.

El punzante y agitador miedo que revolvía mis entrañas me aconsejaba de forma altruista algo de alcohol para soltar ese nudo que aprisionaba mis intestinos y mi aliento ya no tan matutino.

Era momento de afrontar la sobria realidad. Era la hora, había llegado.

Un par de bocinazos y los neumáticos abrazando el asfalto como un niño rodea a su madre tras la caída de un ángel.

– Llegaste.

-Llegué, puntual. Un poco más y me habrías hecho pensar que me habías dejado tirado como todas estas colillas.

– Hablando de colillas, ¿tienes fuego?

– Deja que suba al fuerte antes, ya echaremos la culpa a mi perturbada cabeza cuando hallamos rodado lo suficiente para que no puedas cambiar de opinión.

– Todos evolucionamos ¿sabes? Intentas ser tan increíble como alguien de quince años más que tú y no llegas al nivel. Espera, superarás lo que quieres con creces.

– Déjame mirar- le dije inclinándome a la ventanilla del coche y abriendo sus ojos con mis dedos- tus pupilas no han reaccionado a la droga o realmente has enloquecido sin necesidad de colocarte, pequeña majara.

Ella reía y yo rodeando el vehículo me dispuse a subir de copiloto.

El motor acelerando y las ruedas chillando. No puedo decir que no me avisasen a grito pelado. Mi cuerpo rodó por encima del capó y se estrelló con el cristal que refugiaba, al otro lado, la sonrisa macabra y languideciente, maníaca y prepotente, de aquella muchacha de corazón roto y felicidad fingida permanente.

En el asfalto, vagabundo boca arriba sobre el gris resplandeciente, un morado en mis costillas y el del cielo relampagueánte anunciaban otro fallo en el intento de vida de un gilipollas integral que recibía casi tanto como pagaba.

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