L P-9

– Edu, ¿qué pasa? ¿estás bien?

Marta había venido hasta mi. No estaba seguro de lo que había visto. Debía ser el estrés, el shock… debía ser. Todos deberíamos estar en shock, pero nadie parecía estarlo.

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El rápido pasajero que me había robado el sitio en el lavabo tardaba bastante y cuando iba a darme la vuelta para volver a mi asiento, salió igual de rápido. Entré en el lavabo y cerré la puerta. Me miré al espejo.

La barba comenzaba a aparecer a las escasas cuarenta y ocho horas de mi último afeitado. En ocasiones, cuando la dejaba crecer un poco, podía empezar a ver algún pelo más blanco que negro. A fin de cuentas, en tres años llegaría a los cuarenta. Tenía que prometerme a mi mismo no dejar de mantenerme en forma y no convertirme en un cuarentón con barriga de por vida. Por suerte, nunca había sido un problema el sobrepeso, mi cuerpo no era muy dado a acumular calorías.

Tenía unas ojeras considerables y la cara, como cada vez que me disgustaba por alguna tragedia, algo más delgada de lo habitual. Todavía recordaba las palabras que había pronunciado en el funeral a voluntad propia.

Salí del servicio y me dirigí a mi asiento. Una pequeña sacudida del avión me hizo perder el equilibrio y estuve a punto de caer sobre un chico con los cascos puestos. El joven tenía sobrepeso y habría resultado la persona más adecuada sobre la que caer. Tenía cara de buena persona.  Ahí está mi Hurley, pensé riendo.

Me senté y miré por la ventanilla. Práticamente era el asiento más cercano al ala izquierda del avión. Era uno de los dos o tres asientos situados justo encima. Pretendí mirar el terreno que sobrevolabamos pero las nubes que teníamos debajo no permitían una buena visión. Lo único que se distinguía era algo de azul índigo bajo nuestros pies.

Después, tierra. Podía ver tierra. Un inmenso país se abría ante nosotros. No había ocurrido nada. Todo lo sucedido durante vienticinco años había sido falso. Una broma del desinto, o eso pensaba en aquel momento.

El sonido que anunciaba que alguien iba a hablar por el interfono dio paso a una azafata que, a continuación, le cedió la palabra al piloto. Iba a anunciar el aterrizaje. Me equivocaba de nuevo.

– Señores pasajeros, siento informarles de que un vuelo de emergencia ha ocupado nuestro espacio aéreo y tiene preferencia sobre nuestro plan de aterrizaje. No vamos a efectuar el aterrizaje en Kansai como estaba previsto. Tomaremos tierra en una pequeña isla cercana y después un barco les transportará a su destino. Es todo lo que puedo informar de momento, disculpen las molestias.

El avión comenzó a girar hacia la derecha cuarenta y cinco grados y nos dirigimos de nuevo a sobrevolar el infinito mar. Un murmullo de voces y quejas entre los tripulantes se mantuvo durante casi cuarto de hora. A mi no me importó demasiado.

Había pasado una hora y no había a la vista isla alguna. No podíamos creer que el piloto se hubiera perdido.

En una nueva intervención, el piloto nos aclaró que estaba teniendo problemas para comunicarse por radio y que no tardaríamos en arreglarlo, que mantuviésemos la calma. Diez minutos después eso fue imposible.

Era un momento normal, como cualquier otro y de repente una turbulencia sacudió el avión como un juguete. Una azafata calló al suelo y los vasos y las botellas derramaron su contenido. Seguimos el procedimiento y nos abrochamos los cinturones de seguridad. Tenía la impresión de que no pasaría nada, a diferencia del nerviosismo de la anterior turbulencia, lejana ya en el tiempo. Me equivocaba más que una escopeta de feria.

Otra turbulencia, a los pocos segundos otra. Algunas personas comenzaron a gritar. El avión comenzó a sacudirse bruscamente sin pausas. Aquello no eran turbulencias normales. No iban a pasar.

Sin pausa todo temblaba. Todo el mundo gritaba y se agarraba al asiento con todas sus fuerzas. Una serie de pitidos y alarmas del 777 en el que volabamos comenzó a poner más nerviosa a la gente. Lo siguiente, el ruido de una explosión y algo metálico que se rompía. Al otro lado del avión, en la ventanilla derecha, pude ver como una nube de humo gris salía de alguno de los motores. Las mascarillas de aire salieron disparadas de sus compartimentos. Alargué la mano con dificultad debido a las brutales turbulencias y me la puse en la boca.

Varias maletas salieron volando y pude ver a una persona salir disparada desde su asiento hacia el techo para después volver a caer en su asiento, probablemente muerta. Intente mantenerme recto para no darme un cabezazo mortal contra nada demasiado duro. La cabeza me iba a explotar. Algo sonó fuerte detrás de mi y una corriente de aire tiraba de mi nuca.

Miré a la mujer de mi lado, la que me había calmado anteriormente. Estaba agarrando las manos de su marido. Me tranquilizó. Estaba a punto de morir y solo podía pensar que tal vez despertaría en un bosque de bambú. No sabía si creer la irrefutable verdad o la increíble realidad.

En algún momento, debido a algún mecanismo del cerebro, perdí la consciencia. Lo siguiente, verde. Un silencio sobrecogedor, ni rastros de gritos o alarmas de avión. Solo calma. Estaba vivo.

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