L P-5

Estaba atardeciendo y un cielo rojizo bañaba la playa hacía brillar al mar con miles de puntitos dorados que se movían lentamente, pretendiendo hipnotizarte.

– Te veo luego- le dije a Marta con una sonrisa. No quería separarme de ella pero tenía que fingir, que ser fuerte.

– Hasta luego.

Su sonrisa era perfecta. Nos alejamos en direcciones opuestas y ambos miramos a nuestras espaldas, sonriendo. Me dirigí a mi tienda cuando Hugo me asaltó.

– Hey Edu, ¿qué tal ha ido? ¿Habéis conseguido hacer funcionar el aparato ese?

– No hemos conseguido nada. Iván tendría que haber venido, no sabemos si la batería se agotó antes de poder encenderlo o qué le pasa.

– Ya, pero si Iván hubiese ido con vosotros no podría haber estado trabajando en la radio que sacasteis de la cabina del piloto.

– Lo sé Hugo, luego te veo- le dije dándole una palmada en el hombre y guiñándole un ojo. Era un gran tipo en todos los aspectos, sin duda sería el último en morir de hambre. Aún a pensar de su gran peso y su escasa resistencia, le gustaba apuntarse a aventuras y estar al tanto de todo. Tenía un gran sentido del humor y era el más divertido del grupo. No quería ser borde con él pero sabía que no me lo quitaría de encima si no cortaba la conversación.

Entré en mi tienda y levanté mi manta. Debajo enterré la bolsa con las armas. Dejé mi mochila y salí de mi tienda.

Las vistas eran maravillosas. Mi tienda estaba bastante cerca de la orilla. Otras se alejaban más de la playa y llegaban casi hasta el inicio de la selva. En realidad de la orilla del mar a los árboles habría tan solo unos cien metros de arena. Aunque por el contrario, a lo largo la playa era extensísima. Nuestro campamento estaba bien esparcido y aún casi no ocupábamos playa. Lo mismo podría decirse de los restos de la sección del avión que nos había llevado hasta allí.

En el mar, a última hora de la tarde, uno de los nuestros, coreano, estaba pescando. Era muy amable y sabía algo de inglés. Esa era la forma con la que nos comunicábamos con él, su mujer y si hijo. El idioma universal.

También estaba Michael, latino, pero manejaba el español sin problemas. Los demás eramos todos españoles. Sin embargo, una gran variedad de razas y de compatriotas de la familia coreana habían sido incinerados en la ceremonia que habíamos celebrado el quinto día de estancia. Los cadáveres podían atraer a los depredadores a nuestro campamento. Ahora solo los vivos poblábamos la playa.

La mayoría de nosotros habíamos podido recuperar gran parte de nuestro equipaje. Teníamos ropa suficiente para vestir todos los días y lavar la ropa sin tener que quedarnos desnudos. En realidad, gran parte de las maletas sin dueño tenían ropa que a muchos de nosotros nos servían. La camiseta roja que llevaba no era mía, pero era mi talla. Para soportar mejor el sol abrasador le había cortado las mangas a la altura de los hombros y eso había ocasionado que Pedro y Marta me hubieran preguntado por el tatuaje. Era inútil ocultarlo, en algún momento se habrían dado cuenta.

Caminé por la playa saludando a quienes me cruzaba. Algunos me preguntaron por la cena de aquella noche, otros por el fracaso de la misión de la radio. Lo único que les decía era que no se preocupasen. No sabía que íbamos a cenar, no me encargaba de eso. La caza era trabajo de Pedro y Víctor, el chaval de veintitantos años que se había pegado a Pedro, adoptando ambos una relación de mentor y alumno. Pasaban gran parte del tiempo en la selva. Y de la pesca se ocupaban sobre todo Chin y… Chin. Ayudaban Carlos, Hugo… pero solía cuparse Chin. Al fin y al cabo, era el único que sabía pescar de verdad.

En mi camino, vi a Marta de pie frente a Daniel, que estaba sentado junto a su tienda en un asiento del avión que nos había enviado a allí. No supe de que hablaban, fingí no ver nada y seguí caminando con la vista al frente. Natalia, la hermana de Victor, también de veintipocos años (eran los más jóvenes de la isla, a excepcion del hijo de Chin) estaba sentada, leyendo una revista de cosméticos y ropa. Poco provechoso.

Con partes del avión, Iván se había construido una especie de mesa, sobre la que descasaban montones de cables y carcasas. Iván tenía el pelo largo, rizado y negro como el carbón. Su bigote y perilla tenían el mismo color.

– ¿Qué tal va la radio?- dije al tiempo que me ponía de cuclillas para estar a su altura.

– Sin herramientas, difícil. Mañana cuando salga el sol podré seguir y saber si funciona. Marta me ha dicho que no ha funcionado, ya me ha devuelto el transmisor.

– No se encendía.

– La batería estaba casi agotada. Los transistores de avión como este tienen batería de reserva, para los fallos o cualquier problema. Dura muy poco, era difícil que funcionase cuando llegaseis arriba.

– ¿Y me lo dices ahora? – le pregunté aún cansado y sonriendo.

Me levanté para marcharme cuando le pregunté una última cosa.

-Iván, ¿has visto a Pedro?

– No, no ha vuelto todavía. Tampoco he visto a Víctor, supongo que estarán matando algo que llevarnos a la boca esta noche.

– Supongo… – dije mientras me marchaba.

Se había hecho de noche y unos cuantos habíamos encendido las antorchas que teníamos repartidas a lo largo del campamento. La iluminación no era como la de una urbanización pero estaba bien.

Pedro y Víctor volvieron con jabalí. Lo agradecí, comenzaba a preocuparme por su tardanza. Con la fruta, el pescado y la carne, ninguno de nosotros estaba perdiendo peso significativo.  yo me había notado adelgazar al llegar, pero juraría que estaba recuperando el peso. La gente se sentía bien en aquel lugar. Todos sabían que algo ocurría, notaban algo distinto. nadie hablaba de ello. Nadie menos Pedro.

Casi cada noche intentaba cenar solo. No tenía un momento de descanso pero casi todos me forzaban a comer con ellos. Estaban agradecidos por lo que había hecho al llegar allí. El mismo motivo por el que confiaban en mi y depositaban sus esperanzas sobre mi persona. Me sentía mal rechazando su oferta.

Diez personas nos sentamos alrededor de una de las cinco hogueras sobre las que cenábamos. Siempre se hacían grupos para cenar. Daniel solía cenar solo mientras leía alguno de los libros de los que se había apoderado. Le encantaba leer más que a cualquier otro de la isla, incluyéndome a mi.

– ¡Entonces comencé a correr como un poseso y me dí cuenta de que mi jefe estaba corriendo en la otra dirección!

Hugo estaba contando el momento en que le despidieron del trabajo, una empresa de comida rápida, por un malentendido. Tenía mucha gracia contando las cosas y todo el mundo le quería, era el buenazo del grupo. Todos reíamos a carcajadas. En un momento comencé a toser, atragantado por la fatal mezcla de comida y risa. Carlos me dio un par de palmadas en el pecho para después levantarse y gritar:

– ¡Eh, he salvado al héroe, ahora yo soy el héroe! ¡Lo siento Edu!

Todos reíamos. Estábamos contentos, felices. Aprovechábamos los momentos como podíamos. Entre risas, miré detrás de mí. El grupo que cenaba detrás, compuesto también por unas diez o quince personas miraban a Carlos y aplaudían. En ese grupo estaba Marta. Nuestras miradas se cruzaron mientras reíamos.

Las hogueras se apagaron y la gente comenzó a recogerse.

Entré en mi tienda y con el ruido del mar caí en algún sueño profundo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s