L P-2

El traje entero. Llevaba el traje entero. Al menos había conseguido enterrar a mi padre. Por suerte, él no había decidido fugarse a otro lugar para morir. No tenía tiempo para cambiarme y aquello estaba mal visto, pero tenía que coger el avión, por trabajo.

Podría haber pedido una excedencia, pero  la mejor forma para distraerme era trabajar, aunque eso supusiese dejar sola a mi familia en Madrid. El vuelo Madrid-Tokio hacía varias escalas y estaba empezando a desesperarme. La mayoría de los pasajeros eran españoles, aunque algún japones podía verse en las puertas de embarque. Todo el aeropuerto sabía que era policía después del numerito que montaron cuando mi arma hizo saltar el detector de metales.  Todos debieron pensar que era algo importante, por el traje. Parecía un agente del FBI. Nadie imaginaba que venía de un funeral.

En realidad el numerito lo había montado yo cuando los agentes, decididos a hacerme rellenar un montón de papeleo, no me dejaban pasar con el arma reglamentaria. El avión despegaría sin mi y no estaba dispuesto a quedarme en tierra.

Desesperado, había agarrado a el guardia que parecía estar al mando y reproduje casi literalmente la escena de la azafata, Cindy.

– ¡NO! ¡Escúcheme usted! Tiene que escucharme ¿de acuerdo? Me tiene aquí delante con el traje que he llevado al funeral de mi padre, esperando despegar y llegar a Tokio porque personas de este país más peligrosas que cualquiera en este aeropuerto han huido allí. Me tiene aquí, delante, suplicándole que me deje salir en ese vuelo porque tengo que irme, porque tengo que dejarlo atrás- las lágrimas nacían pero las retenía en mis ojos sin dejar que se deslizasen por mis mejillas- ¿por qué, Julio? ¿por qué no puedo ir a otro país a ayudar a atrapar criminales, a hacer mi trabajo?. Porque necesito acabar con esto. Necesito acabar con esto y dejar atrás a mi padre. Necesito zanjarlo, necesito que esto acabe.

Medio aeropuerto había estado mirándome. El espectáculo y las credenciales de Policía Nacional habían convencido a la seguridad del aeropuerto.

Recuerdo estar con los pasajeros en la pista de aterrizaje, haciendo cola para subir las escaleras que conducían al avión y estar pendiente de los que me rodeaban. ¿Y si aquél era el vuelo?

Entré en el airbus más tranquilo de lo que estaba horas atrás. La gente se sentaba, hablaba y reía. Algunos enfadados con sus compañeros de vuelo, otros enamorados. Me acerqué a mi asiento y coloqué el equipaje de mano en el compartimento. Un hombre un par de asientos detrás del mio miraba al compartimento y, sentado, sostenía su equipaje.

– Espere, déjeme.

Era un hombre mayor que yo, de unos cincuenta años, con la cabeza rapada. Guardé su bolsa en el compartimento correspondiente y los dos nos devolvimos una ligera sonrisa y un gesto de complicidad con la cabeza. Me senté, al lado del a ventanilla.

Entonces mi corazón comenzó a desbocarse. Me di cuenta de todo. De lo que estaba haciendo. En unas horas sabría si el destino existe o no. Si ocurría algo más allá de los detalles… No podía ser, eran bobadas de un chico pequeño. Intenté no pensar en los miles de hechos que habían respaldado mi teoría durante largos años. Intenté no recordar el tatuaje que llevaba en mi brazo izquierdo pero sobre todo, el que llevaba en el omóplato derecho.

Tras media hora, nadie se sentó a mi lado. El avión comenzó a moverse y al final, despegó. Se separó del suelo y comenzó a ascender. Pude ver como Barajas quedaba atrás y cada vez más abajo.

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Tal vez Marta no había pensado en ello, pero si alguien estaba disparando probablemente habría sido con mi arma. Durante el accidente, la había perdido.

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El asiento era cómodo y la única distracción que tenía eran las nubes y la pequeña botella de vodka que la azafata me había propuesto consumir. Por supuesto, no había dudado un instante. Cuando pregunté las bebidas que tenían y me indicó la botella de vodka cristalino entre todas las demás la elegí sin dudar. De hecho, por hacer la tontería y por ser precavido, compré dos. Tal vez la segunda la necesitase para curar mis heridas cuando… sonaba tonto, ilógico y estúpido.

Una pequeña turbulencia, un bote. Me agarré fuerte al asiento y contuve la respiración. Otra turbulencia. Miré por la ventana pero debajo el mar no albergaba tierra alguna. Podía estrellarme y ahogarme. ¿Cómo iba a sobrevivir a un accidente e avión con solo unos rasguños? No había pensado demasiado en ese tema.

Las turbulencias aumentaron para, segundos después, interrumpirse. Yo continuaba con el corazón en el pecho, esperando el milagro.

– Está bien, ya ha parado. ¿Se encuentra bien?

Una mujer de la tercera edad con acento gallego se había percatado de mi situación.

– Mi marido también tiene miedo a volar. Está en el baño, se pone a beber agua como un cosaco y se tiene que levantar a vaciar cada dos por tres ¿sabe?

– Curioso mecanismo contra el miedo. Su marido parece un hombre muy inteligente- le dije con una sonrisa.

– Así es Desiderio. Parece que ya ha terminado.

Un hombre mayor, con el pelo blanco y una buena tripa se sentó al lado de la mujer con la que hablaba.

– Ya es la quinta vez y solo llevamos unas dos horas de vuelo- dijo Desiderio.

– Ahora aprovecho para ir yo- le sonreí a la mujer del hombre que acababa de volver del lavabo.

Me levanté mientras el matrimonio charlaba. Caminé inspeccionando las coronillas de algunos de los pasajeros. El baño me pillaba delante a pesar de que me encontraba en la parte delantera del avión y no veía las caras de los pasajeros hasta que pasaba por su lado. Supuse que en la parte de la cola del avión debía haber otro lavabo, si no era así tenían que hacer un buen camino.

De pronto, una figura salió de la nada y se colocó entre la puerta del wc y yo.

-Perdone- dijo mientras abría la puerta y se metía en el lavabo, dejándome a mí fuera. Sonreí. Era una de esas sonrisas que desde pequeño había cogido costumbre de hacer cuando algo me enfadaba o me impresionaba para mal. Sonrisa de incredulidad.

¿Habría entrado Charlie? No tenía demasiada pinta de Charlie.

Me reí solo al ser consciente de que realmente contemplaba la posibilidad de que aquel hombre que acababa de entrar en el baño representase un papel que ya había visto antes. Al menos aquello me distraía de mi padre.

Decidí pasear la mirada en busca de alguna Kate con la que tal vez me encontrase un rato después en el bar del aeropuerto. No vi a nadie que mereciese ese papel.

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Otro disparo me hizo volver a la realidad. Aquel había chocado contra la maleza de un árbol y a Marta le había caído corteza encima. Parecía que nos disparaban a nosotros.

– ¡Al suelo, Kate!- se me escapó como por arte de magia. Ella sabía de lo que hablaba,  había visto la serie cuando era pequeña.

Probablemente encontrase todo aquello de forma muy diferente a como lo hacía yo. Una anécdota, una casualidad.

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